martes, 14 de octubre de 2014

Comentarios sobre los dispositivos grupales en los monosíntomas contemporáneos de acuerdo a las concepciones de M.Recalcati

Mario Kameniecki

A propósito de la práctica grupal en el campo de las toxicomanías resulta oportuno recorrer y comentar los interesantes puntos de vista que Massimo Recalcati, psicoanalista italiano, desarrolla en los capítulos que le dedica en su libro La clínica del vacío1. Precisamente se trata de sus criterios sobre la posibilidad de implementar dispositivos grupales en el marco de una clínica que tiene como referencia al psicoanálisis en los llamados monosíntomas contemporáneos – anorexia/bulimia, toxicomanías, etc.
Considera estas presentaciones clínicas más bien como rasgos de identificación colectiva y más que como metáfora del sujeto funcionan como metáfora social. La utilización de abordajes grupales presenta algunas escansiones históricas. La psicoterapia institucional de la posguerra inauguró el uso polisintomático del grupo; posteriormente, se implementaron técnicas grupales a partir del psicodrama hacia fines de los años ´60 y durante la década de los ´70, que acentuaban la acción representativa del grupo y el cuerpo, no estando centradas en el síntoma sino en el fantasma. Con la aparición en el escenario de la época de los así llamados monosíntomas, comenzaron a implementarse dispositivos grupales que integraban a personas con un rasgo común. El contexto de los monosíntomas es correlativo a su masificación y a una “homologación alienada en el universal”. Así, en estos grupos, al menos a la entrada, hay un máximo de individuación que coincide con un máximo de alienación. Y se trata de una individuación contra la separación – contra la diferencia- , que sostiene una identidad sin equívocos, un exceso de individuo – no dividido. Hay aquí una función social del síntoma que se sostiene por lo idéntico, en una intersección entre lo social y la salud. Esta modalidad de agrupamiento deja de lado lo particular del sujeto, que más bien anula mediante la asociación en un vínculo con iguales, entre sujetos que se reconocen homogéneos a partir del rasgo que los identifica y que tienden a excluir la diferencia – todos drogadictos, todos ludópatas, todos anoréxicos, todos bulímicos, etc. Se puede ver en estas manifestaciones el modo de identificación actual que no está orientada por el I (A) -el valor simbólico del ideal- , sino en la reducción del Otro al otro, es decir, en una simetrización homologadora del Otro con lo mismo. Se vinculan con la época del declive del ideal y de la de-consistencia del Otro. El Otro de la ley de hoy avala una identificación anónima al grupo; su declinación favorece estas identificaciones horizontales a las insignias sociales. Tal vez las manifestaciones monosintomáticas reflejan en tanto respuesta social esta inconsistencia del Otro. Otorgan una identidad a través de una identificación universal que al mismo tiempo tiende a la anulación de cualquier particularidad. Constituyen una neo-identidad – al decir de Recalcati - cuyo envés, como plantea este autor, es “que la función social del síntoma tiende a hundir, empantanar al sujeto mismo en el Otro en lugar de dejar que surja en su singularidad”.
Y “cuanto más certeza identificatoria de masa se gana, más subjetividad se pierde”.
El máximo de individualismo – no dividido- se torna en máximo universalismo. Lo que debería sacar del anonimato, hace más anónimos a los sujetos y genera una reproducción en serie masiva como: el conjunto de los drogadictos, el conjunto de las anoréxicas, el conjunto de los fóbicos sociales, el conjunto de los ansiosos generalizados, etc. Son neo-colectivos de conjuntos homogéneos. A partir de la reducción del poder del equívoco en el nombre de lo idéntico son una expresión homogénea al discurso del amo. Son, por eso mismo, una forma histórica-social para compensar la crisis del síntoma simbólico, para intentar hacer existir al Otro como un Uno homogéneo, contrario a la diferencia. La pregunta es ¿cómo proceder en estos grupos? – que se sostienen en esta lógica de identificación colectiva que otorga al sujeto una cierta identidad y –¿por qué no?- una integración en la sociedad. ¿Cómo intervenir para producir una división subjetiva orientada a “transformar la necesidad de lo idéntico en la contingencia del equívoco”? ¿Cómo producir un síntoma que no sea sólo social, que esté subjetivado y por ello mismo que indique no un rasgo común sino la verdad del sujeto?
En las presentaciones clínicas de la época a las que estamos haciendo referencia, monosintomáticas, domina lo mismo, no lo Otro; instituyen lo mismo en el lugar del Otro y son los soportes de una identificación imaginaria. Es, como señalamos, la tendencia de la época a “simetrizar” lo mismo en lo Otro.

Tratamiento en dispositivos grupales. En los dispositivos grupales a implementar en los tratamientos la apuesta no es a lo idéntico sino al equívoco, al malentendido - la función del inconsciente. Hay que hacer un tratamiento preliminar de la identificación; sin equívoco solamente hay segregación, asociación uniforme de lo mismo. Una y otra vez, señala Recalcati, que los monosíntomas son una metáfora social. El drogadicto o la anoréxica, para dar sólo dos ejemplos, son sostenidos por el Otro social que sustituye las demás identificaciones del sujeto por una sola, única, Una. Y el problema es que el sujeto se reconoce en ella de un modo absoluto - de ahí que es una falsa metáfora del sujeto, es una imagen-signo.
Pero en el primer tiempo del dispositivo grupal es necesario asumir la metáfora social – porque de lo contrario no vienen, ya que no piden asistencia desde otro lugar que no sea el de la segregación, tal como constatamos una y otra vez quienes nos dedicamos a la práctica clínica. Es un producto de la época y como tal hay que acogerlo, pero para ejercer sobre esa metáfora social lo que Recalcati llama la metonimia grupal. Por eso en un primer tiempo del grupo el monosíntoma no es cuestionado, sino confirmado – es su condición de ingreso. “El grupo es como un cebo -en este momento- arrojado al mar de la identificación de masas del que se alimenta el monosíntoma en la época del discurso capitalista”. Pero el grupo se sostiene en el deseo del analista “para intentar taladrar esta ontología de lo mismo”, mediante la metonimia grupal. Es para introducir el poder del equívoco en lo idéntico – la disyunción enunciado/enunciación, lo que excede de la significación en lo que se dice, la no identidad del sentido consigo mismo. Es el segundo tiempo del dispositivo grupal, en el cual el grupo activa la metonimización de esta falsa metáfora, de esta metáfora social pero no subjetiva, de la identificación social al síntoma. Lacan, en el seminario XI, “Los cuatro conceptos…”, contrapone la imagen del inconsciente como nasa frente al inconsciente como alforja. La nasa es la red de pesca; es una figura topológica del inconsciente como deslizamiento, apertura-cierre-apertura, frente al inconsciente-alforja, que es un lugar cerrado en su interior en el que se puede entrar desde afuera. Así, el grupo es presentado como carnada que permite entrar en la nasa; pero lo importante no es lo que entra, sino lo que sale: “la posibilidad de salida de los presos de la cárcel de lo mismo”. El ingreso – la entrada- se hace por el pedido de ayuda a un Otro que reconoce a los sujetos a partir de un rasgo en común. Y al principio, la transferencia es con la institución – centro de tratamiento para adicciones, centro para transtornos de la alimentación, para jugadores patológicos, etc. Es así que al comienzo, estos grupos se presentan como consolidados, consistentes, imaginariamente inflados como un conjunto que se define por su pertenencia, su inscripción en el Otro social grupal que garantiza lo mismo. Recalcati plantea una cuestión preliminar a todo tratamiento grupal posible correlativo a la transición del “gran” grupo-masa que se constituye al ingresar a una institución, al pequeño grupo. Estas cuestiones son tributarias de dos lógicas diferentes; por un lado, la de la institución, que unifica e identifica, y por el otro, la del grupo, cuya función -desde esta referencia- , es separar y des-identificar – el grupo puede poner a trabajar en transferencia el fenómeno de masa de la identificación al monosíntoma. Pero atención, el grupo es también un lugar que favorece las identificaciones imaginarias y es función del analista que lo coordina operar en dirección a vaciar la identificación al rasgo idéntico. Recalcati propone una evolución del tratamiento en dispositivos grupales por fases. En primer término, al inicio, está la fase “alforja” (a la que hicimos breve referencia) donde prevalece el poder de lo idéntico, la identificación imaginaria, la convergencia de I (ideal) con a (objeto).
Del grupo se sale uno por uno, no todos juntos, de acuerdo a tiempos lógicos – no cronológicos. Refleja la no coincidencia de lo mismo: no-todos a la vez, no-todos juntos, no-todos en el mismo momento. Otra manera de decirlo es que el síntoma se desintoniza del yo y se hace egodistónico – en este pasaje de lo idéntico al equívoco.
El encuentro-desencuentro con este real puede reconducirse a una segunda fase: la fase “nasa”, donde lo que se juega es el deseo del analista, encaminado hacia una diferencia absoluta y que trabaja para “remover las aguas estancadas y mortíferas del narcisismo identificatorio”.
Recalcati formula una tercera fase del dispositivo grupal que se caracteriza por la producción de una metáfora diferente a la consolidada por el discurso social -es el resultado de la metonimia grupal sobre la metáfora social. Se trata del tiempo de constitución de un síntoma como metáfora del sujeto y que proviene del equívoco del significante. Una metáfora no social, sino del sujeto, que solamente es posible desde el interior, como captura desde el interior de grupo como nasa.

Monosíntomas contemporáneos y segregación
Los monosíntomas de nuestro tiempo se producen en forma epidémica – masivamente- y constituyen síntomas sociales, no subjetivos. No dan lugar a lo particular irreductible del sujeto que se da en oposición al universal del programa de la cultura. Agrupan sujetos anónimos bajo rasgos identificatorios. En lugar de propiciar lo singular del sujeto sostienen lo homogéneo de lo Uno, que es homogeneidad imaginaria. Es expresión del efecto de la crisis de la función universal de la identificación vertical al ideal con sus coordenadas edípicas. Es así como el ideal del padre se muestra en su declive - ya señalado por Lacan en su trabajo sobre la familia (1938) en el cual hablaba del ocaso de la imago paterna. Frente a esta declinación de los ideales, lo homogéneo es lo Uno de lo idéntico como rasgo que aúna. Y es precisamente la identificación a lo Uno lo que diferencia la segregación clásica -de la que habló Foucault- con la de nuestra época. La segregación clásica excluye lo no homogéneo de aquello que según la norma es una desviación. Es, en rigor, segregación de la alteridad del Otro respecto a lo mismo. Es por eso que Foucault reconoció en el psicoanálisis una función de-segregadora: el Otro se afirma como discurso del inconsciente. La segregación clásica produce encierro, exclusión, aislamiento, exterminación de la diferencia del Otro, pero solamente en su separación sin contactos de lo Uno. Es, en la práctica, expresión de lo mismo que en su constitución produce la alteridad del Otro como desviación, ruptura, no homogeneidad (puede leerse en el Foucault de la Historia de la locura en la época clásica). Los esfuerzos que llevó a cabo Bassaglia en Italia en pro de la des-manicomialización se inscriben en esta línea ¿cómo reintegrar al excluido en el tejido social?, ¿cómo puede la ley de lo Uno garantizar el derecho del Otro?
La segregación contemporánea conlleva en su seno una exigencia interna de lo mismo. No se trata de desviación ni de amenaza de subversión. El declive del ideal afecta la función de la norma edípica en la que se funda para Freud el superyó que garantiza la identificación social y, por eso mismo, una regulación standard del goce. Es que la crisis del Otro simbólico pone en cuestión las soluciones standard, es decir, hace tambalear la regulación de lo real del goce por medio de las normas. Lo particular ya no está coordinado/comandado por lo universal (edípico) del discurso. Lo homogéneo no se opone entonces a la alteridad del Otro sino como reserva particular de lo Uno. No se trata ya de lo Uno como lo Uno de la norma: es lo Uno de la identidad auto-segregada de lo mismo. No se rige ya por la exclusión, sino por la integración de lo Uno homogéneo. Sin embargo se trata de un Uno parcelado, fragmentado. Es por ejemplo, el Uno homogéneo de los escenarios abiertos de consumo de drogas en Zurich para toxicómanos marginados, que no son rebeldes ni subversivos, sino dominados por el goce narcisista de la sustancia, goce regulado por el mismo discurso social como empuje generalizado al consumo. Es un lugar para los sujetos de lo Uno neo-segregado. Es también una manera de ver cómo este Uno se multiplica pero sin admitir realmente lo diferente de lo múltiple; el Uno se multiplica en la forma de lo mismo. Es el colectivo serial que anonimiza lo particular haciéndolo serie (referencia a Crítica de la razón dialéctica de Sartre). Es una segregación sin exclusión de la alteridad del Otro (referencia a Foucault) sino a través de la identificación homogénea con lo mismo. Es un exceso de identificación y no una práctica de exclusión.

El equívoco y lo mismo. El psicoanálisis como práctica no refuerza lo mismo; el inconsciente como discurso del Otro puede irrumpir y producir efectos que sorprenden. Es de este modo como lo mismo de lo Uno puede ser separado a partir de la imposibilidad del yo de administrar los efectos de sentido que se producen por la articulación significante y que va más allá de la intencionalidad. La asociación libre es la introducción al equívoco y de su poder de erosión de la identidad de lo mismo en la rotura aleatoria de lo homogéneo. Lo aleatorio no es lo mismo, no es el automaton de la serie sino el encuentro con la diferencia, con lo real. Es el evento de la tyché, el encuentro con la sorpresa, con el acontecimiento que irrumpe en lo continuo de lo homogéneo. Es la contingencia como no asimilable a lo homogéneo de la necesidad.

Grupos monosintomáticos. En los que domina lo homogéneo de lo mismo. ¿Cómo introducir allí lo aleatorio? Son grupos que se caracterizan por el “yo también” de la especularidad recíproca, de la identificación al otro, unificando la diferencia en la homogeneidad de lo mismo. Es lo mismo reflejado en el otro. Y es a través de este “yo también”, o “a mi me pasa lo mismo que a vos” que se logra captar o que se consigue atraer un pedido de tratamiento. Es lo que se abre hacia el “nosotros” grupal, hacia la identificación imaginaria, como síntoma idéntico significado, como mismo tiempo de tratamiento, como todo lo mismo. Es que en el discurso social el mismo síntoma como insignia permite una identificación que le da un nombre al sujeto: somos todos X iguales, la misma cosa. La identidad de X se pone en el lugar del sujeto; metáfora social que unifica sujetos diferentes bajo un S1 que anonimiza en la medida que identifica. Hay que registrar esto de entrada y aceptar de forma preliminar esta lógica. El trabajo del analista del grupo se orientará a la división subjetiva, a producirla permitiendo al inicio el engaño de la identificación anónima de lo mismo, de su poder unificador y anti-división.

Grupos y dispositivo grupal. El ser del grupo es distinto a la función del grupo. Ser del grupo implica la identificación de lo mismo, lo homogéneo, del “yo también”, y el síntoma integrador – no particular- , se trata del ser de la masa. La función del grupo no se reduce al ser del grupo y trata a la identificación de masa. Es separadora de toda demanda, que es “deseo de la diferencia absoluta”, como dice Lacan, de separación de lo particular del sujeto y del ideal del Otro – separa I de a, contrariamente a la hipnosis o a la identificación de masas que juntan I con a.
Observamos una primera identificación grupal a la insignia social del monosíntoma. Una vez que el grupo comienza a funcionar se pone en juego una segunda identificación; se trata de la identificación al “nosotros” que ya es una suerte de filtro respecto a la identificación de masa social inicial. “Nosotros”, implica un narcisismo de equipo que alivia al sujeto de la identificación del comienzo. Es tranquilizadora, es lo terapéutico de estar en el grupo. Es un efecto de reinscripción en un lazo social posible. Antes de este momento la identificación monosintomática era una nominación anónima, social. La segunda identificación es una versión actualizada de identificación colectiva y la pertenencia al grupo libera del aislamiento de la primera identificación. Su resultado es que esta alienación segunda no rompe el lazo social sino que lo consiente aliviando la angustia. En no pocos casos es lo que detiene y se opone a la deriva mortífera del sujeto. Se trata del grupo como sinthome, como nuevo anudamiento para el goce; el grupo funciona como nuevo partenaire, situado entre el sujeto y el empuje a un goce sin límite hacia lo mortífero. En estos grupos que trabajan desde la referencia del psicoanálisis no se implementa un uso del cuerpo, de técnicas corporales – nos referimos a un uso representativo del cuerpo. Todo pasa por la palabra como único medio. Sin prescripciones ni programas de rehabilitación cognitivo conductuales. Es cura por la palabra. Y este forzamiento de la palabra es un forzamiento del Otro. Es lo que permite rehabilitar la alienación significante. La circulación metonímica de la palabra en el grupo es opuesta a la inducción holofrásica del monosíntoma. Por lo cual se opera una transición de la metáfora social a la metonimia grupal. Es pasar de lo Uno del ideal a una pluralidad que erosiona el Uno. Es la primera manera de perforar la homogeneidad imaginaria del grupo monosintomático y abrir la dimensión aleatoria del encuentro. Es necesario plantear que la metonimia va más allá de las intenciones individuales y posibilita un efecto de sorpresa que descoloca a lo mismo. Es así que el efecto psicoanalítico se hace desde el interior (topológico) de lo mismo. Se intenta por la vía grupal de operar hacia la extracción -de la homogeneidad falsamente monosintomática de lo universal- de lo particular subjetivo. Las intervenciones del analista dan más valor a lo que no coincide frente a lo que coincide, a lo diferente que a lo igual, a la centrifugación metonímica que a la identificación de lo Uno al Otro, y se orienta hacia una captación de lo particular del sujeto.


1 Clínica del vacío. Anorexias, dependencias, psicosis (2003), Ediciones Síntesis, Madrid.
Massimo Recalcati reside en Italia y es fundador de “JONAS Centro de investigación de nuevos síntomas”.