domingo, 8 de julio de 2012

De prótesis y funámbulos


Juan Luis de la Mora

I.

Para Freud la cosa es clara: “La vida, como nos es impuesta, resulta gravosa […] para soportarla no podemos prescindir de calmantes (‘Eso no anda sin construcciones auxiliares’ nos ha dicho Theodor Fontane)”1. Acto seguido, enumera y explica tres tipos de estas “construcciones auxiliares” (que yo he resaltado en la cita). Hay que decir desde el comienzo que, hoy en día, por ‘calmante’ se entiende automáticamente una droga: un ansiolítico o un sedante, una pastilla para soportar(se en) la realidad y poder dormir (¡la vigilia es tan intolerable que no podemos desprendernos de ella ni por unas breves horas!). Podemos pensar que la tercera de las clases de calmantes que describe Freud: las “sustancias embriagadoras”, a las que también llama “quitapenas”, resultaron las más exitosas con el paso del tiempo.
La asociación no es tan directa como la que refiero a los calmantes, pero por ‘construcciones auxiliares’ podemos entender una especia de prótesis orto-dóxicas. Me referiré a esto más adelante, pero antes quisiera regresar a la primera parte de la cita freudiana: “La vida, como nos es impuesta, resulta gravosa”. Esta imposición recuerda inexorablemente la condición de estar-arrojado que describe Heidegger en Ser y tiempo2. Y en efecto, de lo que se ocupa Freud es de la angustia (‘Angst’), que Heidegger privilegia como el afecto fundamental que revela al ser para sí mismo. La angustia despierta cuando el Dasein (que igualaremos violentamente al sujeto del inconsciente para efectos de este texto) se enfrenta al Mundo, al Ahí de su estar-arrojado. Esta condición todavía no es la imposición de la que se queja Freud. Apenas es un estado previo, que, según Heidegger, provoca un darse-la-espalda: el sujeto huye de esa primera experiencia, se refugia en el mundo de la cotidianidad, de la ocupación y la familiaridad. Sólo desde ahí puede regresar a enfrentar la angustia, ahora armado con todo un arsenal de signos y significados para llamar ‘angustia’ a ese espanto original sin nombre ni límite que abre el Sujeto a la Nada.3
Me he permitido esta breve digresión, apretada y quizá demasiado simplificada, porque una forma de comprender ese mundo de lo familiar y lo cotidiano al que huye el Dasein cuando se da la espalda, es precisamente llamándolo memoria, historización: el proceso de recuerdo y olvido por el que cada sujeto es responsable y que no puede ser llevado a cabo sin dolor.

II.

Precisamente, Nestor Brausntein nos ofrece, en dos ocasiones, una lectura de ese proceso angustia → enajenación-apertura → retorno sobre la angustia (nominación). Al retomar en su Ficcionario de psicoanálisis (Siglo XXI, México: 2001) y en Memoria y espanto o el recuerdo de infancia (Siglo XXI, México: 2008) un recuerdo infantil de Julio Cortázar, más el relato, la narración que el propio Cortázar hace de ese recordar, Braunstein va tramando el nacimiento de un sujeto desde la memoria que, todos sabemos, nos viene del Otro. Recordemos que Heidegger repite que, respecto de su condición de estar arrojado en el mundo, el Dasein se precede a sí mismo.

Cortázar adviene al cuerpo que llevaba ya su nombre cuando despierta al horror, a la angustia:

Y entonces cantó un gallo, si hay recuerdo es por eso, pero no había noción de gallo, no había nomenclatura tranquilizante, cómo saber que eso era un gallo, ese horrendo trizarse del silencio en mil pedazos, ese desgarramiento del espacio que precipitaba sobre mí sus vidrios rechinantes, su primer y más terrible roc.
Mi madre recuerda que grité, que se levantaron y vinieron, que llevó horas hacerme dormir, que mi tentativa de comprender dio solamente eso; el canto de un gallo bajo la ventana, algo simple y casi ridículo que me fue explicado con palabras que suavemente iban destruyendo la inmensa máquina del espanto: un gallo, su canto previo al sol, cocoricó, duérmase mi niño, duérmase mi bien.4
No me detengo demasiado en el análisis que hace Braunstein de este relato. Baste señalar que la primera frase del pasaje (no he reproducido aquí el primer párrafo completo) es “La memoria empieza en el terror”. Eso es evidente en el recuerdo de Cortázar, como lo es también que el terror es calmado por la palabra del Otro, en este caso encarnado en la madre, que recuerda en lugar del infante aterrado y ofrece la nomenclatura que faltaba: es un gallo, nada más que un gallo que señalará de aquí en más el despertar de tu ser en este mundo, a esta vida tal y como te ha sido, ahora sí, impuesta.
Suponiendo que ha habido un otro que ofrezca esa nomenclatura, que haya arrimado palabras al incipiente sujeto, un otro que se constituya como Otro para que el sujeto pueda advenir a ese choque entre cuerpo y significante, de ahí en más es responsabilidad de ese nuevo ser el construir una historia, una bio-grafía sobre ese cuerpo. Con las palabras proustianas que recuerda el mismo Braunstein: cada sujeto debe escribir el libro que lleva dentro. Historizar es construir una forma de vida, en el sentido agambeniano del término. Lo contrario sería permanecer apenas un viviente, nuda vida. Y justamente Proust es ejemplo del altísimo costo que puede tener para un sujeto encarar esa responsabilidad: construir una forma de vida implica, necesariamente, dar la vida por ello.
Entonces, la palabra del Otro, en tanto simiente del sujeto, aparece en el espacio liminar que la angustia abre para el sujeto. La palabra es la primera y más fundamental construcción auxiliar. Ella le permite al sujeto decir “me angustio” o “ la vida se me impone como gravosa”. Pero esa construcción es como una cuerda floja, y el sujeto es una especie de fantástico funámbulo de lo Real: mantiene un precario equilibrio entre su constante re-construcción (o re-presentación: recuerdo, repetición) y su inevitable fracaso; entre la (pulsión de) vida y la (pulsión de) muerte; entre la memoria y el olvido.
Delgadísimo desfiladero entre la necesaria enajenación o desconocimiento, que Heidegger llama darse-la-espalda, y en el que ubica la apertura del mundo para el Dasein, por un lado, y el movimiento de retorno a enfrentar la nada desde esa identidad que se ignora a sí misma, sumida como está en lo familiar de la cotidianidad, por el otro. Pero incluso en el olvido, en el desconocimiento, en la represión, hay trabajo. Y éste no puede ser indoloro para el sujeto.

III.

Ese era, digamos, el modelo clásico. Pero regresemos al texto freudiano para hallar ahí una ominosa advertencia: “Los términos más interesantes de precaver el sufrimiento son los que procuran influir sobre el propio organismo […] el método más tosco, pero también el más eficaz para obtener ese influjo es el químico: la intoxicación”. Menudo profeta resultó aquel médico judío. Pues resulta que a partir del ascenso de la ciencia y el capitalismo como discursos imperantes en la modernidad, se le ofrece al sujeto la ficción de que puede escapar de su responsabilidad respecto de la historia, su historia. El toxicómano se toma ese espejismo muy en serio —no sé si se pueda decir aquí “al pie de la letra”, pues la letra es algo que tiene sin cuidado al toxicómano: quiere ubicarse más allá de toda vida y toda muerte; se niega a hacer ese recorrido desde la angustia, al mundo y nuevamente a la angustia.

El toxicómano no busca el olvido sino la desmemoria: lo que Silvie Le Poulichet llama “cancelación tóxica del dolor”5. La autora hace referencia explícita a la clínica, y reporta haber escuchado numerosas veces a adictos que consumen para eliminar, borrar, desmemoriar algún recuerdo. No me detengo aquí a elaborar la noción de “operación del farmakon”, que la autora construye a partir de la naturaleza doble del fármaco como es desarrollado por Derrida en La farmacia de Platón, texto de 1969. Me permito, sin embargo, una breve cita que ilustra la nueva situación de aquello que Braunstein trabaja a partir del recuerdo infantil de Julio Cortázar: “la operación del farmakon es lo que dispone las condiciones de la ‘desaparición’ de un sujeto en la medida en que este último se debate con algo ‘intolerable’ que lo deja librado al espanto”. Parece que nuestra época convoca sujetos que necesitan de aquella otra construcción auxiliar hipereficiente, pues sin ella quedarían librados al espanto. Cortázar tuvo las palabras que le acercó su madre, el tesoro significante del Otro inaugura para Julio la compulsión de apalabrar, marcando quizá su destino y nuestra suerte. Como dice Braunstein: ahora tú puedes nombrar esa tormenta: se llama gallo; y puedes jugar a ser gallo también: cocoricó, kikirikí.
Ahora podríamos preguntarnos: ¿Qué es eso “intolerable”? Le Poulichet dice que el sujeto pretende desaparecer pues queda a merced de “algo ‘intolerable’ que lo deja librado al espanto”. Una cosa es lo intolerable y otra, diferente, el espanto. De lo segundo ya hemos hablado, o hecho hablar a Braunstein y a Cortázar. Para lo primero, regreso nuevamente a El malestar en la cultura: ahí, cuando Freud habla del psicoanálisis como una alternativa a la intoxicación orgánica, deja en claro que los objetivos de su método son modestos, que apenas pretenden atemperar el malestar, consiguiendo para el sujeto satisfacciones de poco pelo. Eso sí: el sujeto queda protegido de los vidrios rechinantes de lo Real que explotan sobre su cuerpo, desde su cuerpo; pero no sin costo: “A cambio de ello, es innegable que sobreviene una reducción de las posibilidades de goce”.
¡He ahí, sin duda alguna, lo intolerable para el sujeto del consumo! Él ha escuchado bien, quizá mejor que nadie, la orden de su tiempo: ¡Goce! ¡Goce goce goce y mil veces goce! Sin límites, sin restricciones, sin consecuencias. A meses sin intereses, prepagado, sin preocupaciones, sin grasa ni colesterol.
Desde Foucault los más paranoicos filósofos advierten sobre la biopolítica y el control absoluto sobre los cuerpos: la reducción a la nuda vida. La represión y violentísima anulación de toda humanidad a partir de estados de excepción y campos de concentración (más o menos evidentes y oficiales). ¿Quién imaginaría que los vivientes irían voluntariamente a comprar los dispositivos que operan esa anulación de su humanidad? Las colas fuera del antro de moda, o de la Mac Store el día que sale el nuevo modelo del iPhone quizá sean más parecidas de lo que nos gustaría aceptar a las que se formaban a la puerta de los hornos hace casi un siglo.
Nuevamente Braunstein: “Ausente la palabra, lo real no tiene asideros y deviene pavoroso”.

El consumo tóxico es la promesa de hacer un cortocircuito entre la ausencia de la palabra (que pone límite al goce) y el horror insoportable de un real pavoroso.


El título de este texto abreva del de un artículo de A. Ehrenberg, Un mundo de funámbulos. Por supuesto, la inspiración excede el ámbito del título.
1 Freud, S. El malestar en la cultura, en Obras completas, t. XXI Amorrortu Editores, Argentina: 1986. El énfasis es mío.

2 Heidegger, M. Ser y tiempo. Trotta, España: 2009.

3 Esta lectura de Heidegger, y el desarrollo general de las ideas expuestas en este texto deben mucho a intercambios y pláticas personales con Gerardo García Contreras, así como a su ciclo de conferencias El engranaje de las emociones, dictado en México DF de abril a mayo de 2012.

4 Braunstein, N. Memoria y espanto o el recuerdo de infancia. Siglo XXI, México: 2008

5 Le Poulichet, S. Toxicomanías y psicoanálisis. Las narcosis del deseo, Amorrortu editores, Argentina, 1990