sábado, 8 de agosto de 2009

Algunas ideas sobre prevención del consumo de drogas - Carlos HERBÓN

Pensar en un problema, significa entre otras cosas, ordenar las representaciones que, lo sepamos o no, portamos sobre él. Estas representaciones se construyen desde diversos dominios: publicitarios, comunicacionales, científicos, políticos, ideológicos etc. Todos estos componentes constituyen la materia prima a partir de la cual adoptamos una posición personal y arriesgamos una opinión o un saber acerca de aquello de lo que se trate el problema. Máxime, si ese problema forma parte de lo que nos preocupa cotidianamente y nos toca de cerca. Podría ocurrir, derivado de ello, que ese pensamiento lo hagamos extensivo, como un universal que tiene validez para todos los casos en los que se presente, o que lo reservemos para poder dar cuenta de nuestra experiencia personal, haciendo lugar a las diferencias que pudieran plantearse respecto de ello.

Estas consideraciones valen para el tema de la prevención, particularmente para el que nos ocupa que es el del consumo de sustancias que pudieran constituirse en adictivas para cualquier persona y particularmente para las que forman parte de la franja que denominamos como jóvenes adolescentes.

Si pensáramos que el uso de drogas describe solamente la relación que tiene una persona con una sustancia, sea cual fuere, marihuana, cocaína, psicofármacos, cigarrillos, alcohol etc. seguramente pondríamos el acento en retrasar al máximo el encuentro posible entre esas sustancias y las personas en cuestión. Si a eso le agregásemos que el uso o abuso de dichas drogas es el resultado de una conducta desviada, la intervención que operaríamos sobre las personas que pudiesen consumir irían en la línea, en el mejor de los casos, de educar, y cuando no, de corregir o disciplinar. De ese modo realizaremos los ajustes necesarios para que la conducta de quien consume se acerque lo máximo posible a ese ideal normativo que es el punto de referencia entre lo desviado y lo correcto o normal. Por supuesto, si la idea de que una conducta desviada es la razón para que alguien “se drogue”; de ahí en más y como resultado de su propia lógica, se transforma en un “camino de ida” que inevitablemente concluirá (sin vuelta atrás) en el delito y toda otra forma de corrupción personal y social.

Si en un recorrido distinto, especulásemos con que las personas que usan, abusan o dependen de alguna droga o sustancia, manifiestan con ello las consecuencias que acarrean los desengaños afectivos, conflictos personales, situaciones de abuso (de cualquier índole, de autoridad, sexual etc.) abandonos o muerte de familiares (sobre todo de aquellos más significativos, madre, padre, hijos) el ordenamiento de lo que consideraríamos como causas y consecuencias, sería otro, desarrollando estrategias distintas para anticiparnos, si esto fuera posible, o para resolver eso que nos aparece como obstáculo, poniendo el acento en la cualidad subjetiva y privada como protagonista principal del problema.

Ampliando aún más el contexto que construye el problema que nos agobia, incluiríamos una serie de explicaciones que seguramente va a involucrar aquello que llamamos la “sociedad”, y las formas que asume, léase: “las juntas”, el ambiente en el que nos movemos, el bar en el que alguien se encuentra con sus amigos, “el boliche”, la propaganda publicitaria que incentiva determinado tipo de conductas, es decir todo aquello que queda por fuera de nuestro dominio e influencia y otras razones que irían en el mismo sentido.

Si prestamos atención nos daremos cuenta que lo descrito hasta ahora, forma parte del escenario en el que nos movemos habitualmente. No se trata de algo que no debiera ocurrir, de un “desarreglo” que nos aleja de la posibilidad de vivir en una tierra prometida donde nada de esto ocurre, sino que la cultura misma y por lo tanto los avatares mismos de la vida que habitamos se compone de todos estos ingredientes.

De modo tal que podemos arriesgar una primera pregunta respecto de lo que entendemos como prevención: ¿prevención de qué cosa?

Dicho así pareciese que la prevención trata de impedir un suceso de consecuencias dramáticas, el encuentro entre una historia personal (una persona, una familia o una comunidad) y un asunto dramático, dirigida a que algo no ocurra, de manera de mantener una suerte de estado ideal de vida.

Sin embargo todo lo que entendemos como prevención fue elaborado o pensado luego de que los hechos hayan ocurrido, más o menos dramáticos, más o menos peligrosos pero ya ocurridos, poniendo en tela de juicio esa suposición de “un estado ideal de vida” en el que nada conflictivo y/o traumático ocurra.

Entonces, ¿dónde le ponemos el acento a la pregunta sobre la prevención? ¿Qué es lo posible de esa meta que nos proponemos? ¿Qué sentido darle?

La idea es poder pensar la prevención, o la promoción de la salud en el marco de una relación y no solo como metodologías más o menos efectivas como para que logremos que una persona no entre en un riesgo que afecte dramáticamente su vida.

¿No es acaso distinta la construcción de un “perímetro de seguridad” que evita nuestro encuentro con el riesgo, de la construcción de una autonomía siempre en crecimiento, que nos provea de las herramientas necesarias para tomar una decisión que favorezca nuestro cuidado personal?

Ambas propuestas parten de dinámicas de relación (familiar, social, etc.) perfectamente distinguibles. En el primer caso, se supone un modo de vínculo relacional en el que el objeto de la prevención hace caso omiso de la existencia de un sujeto que deba intervenir activamente, en prosecución del objetivo buscado. De tal modo no es su preocupación la calidad de las relaciones que se llevan a cabo en el seno de aquella comunidad, grupo social o familia a la que se dirige la acción preventiva. Lejos de propiciarla, restringe cada vez más el reconocimiento y la donación de autonomía, obstaculizando seriamente la asunción de responsabilidades. En el siguiente caso cualquier acción que propongamos debe contar necesariamente con el reconocimiento de que aquello que procuramos va dirigido a un otro, un sujeto definido por un estado de diferencia que le da su condición singular, sujeto que se debe incluir en un universo más amplio que denominamos “sujeto de derecho”, y al cual le resultaría muy difícil sino imposible desarrollarse si no es en el contexto de un grupo social (familia, amigos, etc.). Esta mirada reconoce la existencia de un sujeto “potencialmente” responsable de los actos que pudiera realizar, pero inserto en relaciones sociales que lo contextúan. Ser adolescente se define por el lugar que se ocupa en una configuración familiar, y la manera de serlo por la calidad y tipo de relaciones que se dan en esa configuración. No es lo mismo ser alguien amado para otro, ser tenido en cuenta cuidado y respetado (lo máximo posible que podamos), a ser alguien que no ha tenido un lugar de importancia y consideración, al que se lo debe “proteger” bajo la suposición de “que es un inútil que no podría hacer nada por sí mismo”. Ambos casos (no como determinantes sino como posibles) ayudan a construir estructuras personales más sólidas o más vulnerables, que ayudarán a tener una mayor o no conciencia sobre “el pasar de ser cuidados por alguien externo” a “cuidarse por sí mismo” en la medida que esas formas de cuidados externos (existentes o inexistentes) se han incorporado a la personalidad en crecimiento. Prevenir entonces, en el contexto del consumo de sustancias y otras conductas de riesgo, debería apuntar a la construcción de relaciones familiares y sociales que asuman el “riesgo” de educar sujetos para la autonomía que puedan hacerse responsables de los actos que decidan, más allá que acordemos o no con las decisiones que vayan tomando, y más allá de que esos actos constituyan o no un hecho que pueda ser calificado por valores morales o jurídicos.

Es menos complejo volver de los errores o riesgos por los que hemos pasado, habiendo construido instrumentos que nos permitan dar cuenta de ellos, que cambiar teniendo como telón de fondo el estigma de ser un incapaz. Se trata no tanto de suprimir todo riesgo sino de reducir al máximo posible los daños asociados al riesgo que hemos contraído. ¿no se trata acaso de eso el vivir?