sábado, 13 de julio de 2013

Dispositivos grupales en el tratamiento de los consumos problemáticos (primera parte)


Carlos Herbón

Desde su concepción, en el que presentaba su propuesta de atención, hasta su concreción definitiva, cuando por fin pudo llevarse a cabo su creación, el Centro Carlos Gardel ha considerado el espacio de la grupalidad, como una vía propicia, entre otras, y conjuntamente con otras, para el desarrollo de un modo de tratamiento posible tanto para ofrecer un lugar a las personas que se acercan solicitando atención terapéutica por problemas asociados al consumo drogas, como de sus familiares y referentes.
No fue sin un debate previo, orientado a pensar críticamente el uso de esa herramienta terapéutica, desde una concepción distinta - en lo que a los tratamientos por adicciones se refiere - de acuerdo a como venía siendo utilizada tradicionalmente en comunidades terapéuticas, hospitales de día o centros psiquiátricos tanto públicos como privados (especialmente los privados)
Tradicionalmente y desde una concepción que procuró como finalidad la abstinencia obligatoria y definitiva tanto del uso, el abuso como de la dependencia, los espacios grupales aplicados a estos tratamientos tuvieron como objetivo principal, interferir la voluntad del usuario por intermedio de la educación y la disciplina, mediante la enseñanza de preceptos morales y religiosos que permitieran el “rescate de la oveja descarriada” logrando la suspensión definitiva de la acción de consumir.
La concepción subyacente a la aplicación de estas estrategias, daba cuenta del consumo de substancias como el resultado de una voluntad desviada de principios morales socialmente aceptados, resultado de la perversión particular del sujeto en cuestión, (no pocas veces explicada por un particular degeneramiento biológico o genético) o de una suerte de posesión demoníaca vehiculizada por la ingesta de las mismas. Las substancias serían el caballo de Troya que facilitaría la toma por asalto del alma del consumidor y la tarea, a la manera de un acto sacerdotal, consistía en “rescatarlo” del infierno de las drogas.
El discurso moral y el discurso religioso, se fundieron en un objetivo común, legitimándose mutuamente, escondiendo sus formas bajo la apariencia del discurso jurídico.
La voluntad que hiciera caso omiso a las oportunidades de transformación ofrecidas “gratuitamente” por una voluntad superior cuyos operadores terapéuticos y morales representaban, serían sancionadas.
Este debate crítico nos obligó a hacer visible el lugar ocupado hasta entonces por quienes tenían la tarea de coordinar esos grupos, los modelos de liderazgos que surgen inevitablemente procurados en el, y las relaciones con sus pares, mencionados indirectamente más arriba como “sacerdotes”, representantes ejemplares de la moralidad, e incluso como “los hijos pródigos” que al haber atravesado la experiencia del consumo y habiendo salido airosos de ello, se tornaron en ejemplos vivos, conocedores tanto del “camino de ida” hacia el infierno de las drogas, como del “camino de vuelta” al cielo de la abstinencia, estado bello y “biológicamente natural” del hombre.
Rápidamente se advierte que el referente grupal debe reunir las condiciones necesarias para ser el “espejo” en quién mirarse, el portador de los valores necesarios para producir la corrección de la conducta morbosa y tal cual la psicología del yo lo promueve, será la prótesis necesaria para quien padezca de alguna “discapacidad yoica”. El coordinador y el ideal que constituye para el grupo se dan a sí mismo como ejemplo, respaldado por su propia conducta en la que ese ideal es por fin alcanzado.
El grupo se constituiría allí, entonces, como una suerte de purgatorio, paso previo e inevitable para arribar al paraíso de la abstinencia, mediante el exorcismo, el perdón y la habilitación jurídica y moral. La rehabilitación es el resultado buscado para reducir e incluso “curar” esa discapacidad.
La “cura” aquí está más próxima a un proceso de expiación o al cumplimiento de una sentencia por la vía de la sanción.
La Salud, como un estado del hombre independiente de sus elecciones religiosas, sociales, morales y jurídicas (y también con ellas), estuvo ausente de los objetivos procurados por la adopción de estos “imaginarios grupales”, y en todo caso, se constituyó allí como un medio para alcanzar objetivos distintos o más allá de ella misma como fin y apéndice voluntario o no de los discursos mencionados.
Pensemos por un momento, que lo “inconsciente” allí, era tratado explícitamente o no, como el lugar de producción de la maldad y la desviación de la conducta del consumidor y debía entonces, ser resuelto por la vía de la conciencia siempre clara y sabia.
La experiencia grupal sería el laboratorio reparatorio de las desviaciones inconscientes, posibles de ser capturadas por la conciencia y mediante ella llevar a cabo las transformaciones necesarias para lograr el bienestar.
En este contexto la experiencia del uso de substancias, fue reducida a una experiencia individual, resultado de una elección y de un uso desviado de un objeto, en la cual la conciencia interviene pero en su estado de ignorancia. Parece un sinsentido, pero una experiencia descripta de este modo, procura una resolución a través de un pasaje por lo colectivo, por lo grupal, donde el otro como diferencia, como singularidad, no existe. En cambio, el otro de la uniformidad, completo y completante, se erige como el modelo a alcanzar, como el ideal posible.
Es el otro ubicado como la cabeza de una relación piramidal, al que hay que acceder escalón por escalón a través de pasos (¿pueden ser 12, verdad?). De alcanzar a ese otro depende el volver al camino de la ecuanimidad, la cordura y la sociabilidad, aunque haya que pagar el costo de la autonomía personal. Es frecuente escuchar que se trata de cambiar una dependencia nociva, por otra benéfica, no pensada como un medio o estrategia de tratamiento sino como un fin, aunque siempre se sea dependiente.
La grupalidad en las comunidades terapéuticas, se llamen granjas o como se llamen, tienen un “vademécum” profuso en el que se explicitan los objetivos que hay que alcanzar para ascender en la escalera de la “recuperación” y cualquier fracaso en ese ascenso se nomina como “recaída”! Como el juego de la oca, vuelve entonces a la posición anterior.
Ese otro, cuando toma existencia por su condición de diferencia y se aparta de los ideales comunes, es un obstáculo en el camino de ser iguales, y altera la producción de sujetos en serie, sujetos previsibles y adaptados a un sistema donde el ejercicio de la autonomía a través de las decisiones personales resultan una amenaza.
Crítico de estas concepciones, el centro Carlos Gardel, a partir de discutir el concepto de problema aplicado al consumo de substancias, construyó, junto a otros, en un proceso de pensamiento colectivo, un nuevo problema. Allí mismo, en el lugar donde ese modelo de respuesta se presentaba como solución, se constituyó el punto de partida de una nueva dificultad.
Estas consideraciones derivadas del debate, no son el resultado de un ejercicio que transcurre exclusivamente en el camino de la teoría. La práctica cotidiana y las marcas advertidas en quienes llegan al centro, atravesados por una historia de internaciones sucesivas, en dispositivos de autoayuda identificados como “grupales”, en instituciones carcelarias y/o manicomiales, supieron ser las huellas, tanto psíquicas, como corporales, que nos permitieron trazar un mapa de los fracasos y entrever en ellos las modalidades aplicadas. Individuos puestos a trabajar en grupos, donde la subjetividad particular fue considerada como el origen (negativo) de sus dificultades. Para formar parte de un grupo entonces, había que dejar la subjetividad fuera de él.