miércoles, 24 de octubre de 2012

Algunas ideas sobre las dificultades para un tratamiento posible en los CP de drogas


Mario Kameniecki1

En lo que sigue intentaremos abordar algunas cuestiones vinculadas a los fracasos en la posibilidad de iniciar un tratamiento en el campo de los consumos problemáticos de drogas; lo haremos de una manera un tanto condensada, como aproximación, siendo que estas ideas forman parte de un trabajo más extenso que toca no solo los problemas relacionados al consumo de sustancias sino a los de la clínica contemporánea.

Los que trabajamos en ámbitos institucionales que en su entrada exhiben un cartel que lleva la inscripción centro de tratamiento para las adicciones, u otra parecida, sabemos que las personas que buscan atención lo harán orientados por ese nombre, el nombre de lo que podemos denominar con otros autores, clínica monosintomática. Así, cada vez que alguien accede a un centro con ese tipo de nombres se refuerza, por así decir, su pertenencia al colectivo “adictos”. Pareciera algo inevitable. Pero, aunque no es este el aspecto del que nos ocuparemos aquí, no deja de vincularse con algunos de los puntos que siguen, ya que esto no es otra cosa que la autosegregación contemporánea de lo mismo.

Cuando recibimos a alguien que nos consulta por sus problemas con el consumo de sustancias, en general, nos encontramos que lo que trae en su pedido no constituye un síntoma – en el sentido que tiene para el psicoanálisis. No aparece de entrada en su discurso algo que no sepa, que desconozca, que ignore, o que escape a su entendimiento, sobre el motivo que lo lleva a consumir o a no poder cesar en el mismo; no surge algo que pueda hacer pensar en un enigma, en una dimensión de desconocimiento -una dimensión inconciente- que pudiera estar en el origen o en el devenir de su consumo que se ha tornado para él en problema. Habitualmente se trata de algo que les molesta, hasta cierto punto, pero que también los satisface. Piden a menudo una intervención casi quirúrgica de quien los escucha, algo así como: “me puede sacar esto, y que no me duela?”. Entonces, si preguntamos por qué no pueden dejar el consumo responden “porque soy adicto”. Ahora bien, es necesario aclarar que esta respuesta es independiente de las categorías ya clásicas de uso, abuso y dependencia, ya que estas personas no siempre responden a los criterios de adicción – es decir de dependencia- , de acuerdo al DSM. Por lo cual, tenemos que pensar que la impronta del nombre adicto, tiene un peso importante en este campo de problemas. Es algo que, no pocas veces, otorga un lugar en el Otro, lo cual no es poca cosa en nuestra época. Convengamos además, que se trata en estos casos de una forma o modalidad de goce – propia de nuestro tiempo- que no pasa por el Otro sexo, por el partenaire sexual, que saltéa el intercambio con el Otro, y que no cuenta con el soporte del fantasma.
Pero así como se presentan sin síntoma –es decir, el consumo de drogas no es un síntoma (formación de compromiso)- , por lo cual no queda para nada claro de entrada cual es la demanda, tampoco les resulta sencillo entrar en o establecer transferencia. Y este es un problema clínico de peso, ya que sin transferencia es difícil, por no decir imposible, que algo del psicoanálisis pueda operar. Falta aquí la triada de la neurosis: síntoma-demanda-transferencia. Desde que leímos a Massimo Recalcalti2 que trabaja este tema de manera clara y precisa entendemos que la cuestión preliminar - forma parte del nombre de su texto que correlaciona a “De una cuestión preliminar…” de Lacan con los problemas de los síntomas de la época - tiene bastante que ver con esta clínica, es decir, que hay algo en estas presentaciones que nos evocan en ciertos puntos a la psicosis – más allá que se trate o no de esas estructuras clínicas (volveremos sobre esto). Hay algo en estas modalidades de presentaciones clínicas – y no olvidemos que Recalcati, además de otros autores, hablan de “nuevos síntomas”, o “nuevas presentaciones clínicas”, para referirse a una serie de problemas actuales que, entre otros, incluyen a las toxicomanías- , que nos hacen pensar que no son reductibles a la lógica del síntoma neurótico, en el cual quien consulta, a menudo, puede ubicar cierto punto de desconocimiento en su padecimiento, que esto implique una demanda y que busque un saber supuesto a un sujeto – habitualmente, dirigidos a quien consulta.
Estas modalidades clínicas nos hacen pensar más en la psicosis que en la neurosis, o también en las neurosis que Freud llamó actuales3 (diferenciándolas de las de transferencia). En esta clínica – en estas presentaciones- no encontramos la dialéctica de la represión y el retorno de lo reprimido, no hay tampoco asociaciones que remitan a contenidos inconcientes, y el sujeto no tiene mucho para decir, excepto, en general... lo que le pasa en relación al consumo.

Varias son las cuestiones que abren estos puntos. Si un sujeto no consulta por un síntoma, ¿por qué consulta? Si un sujeto no establece transferencia, ¿cómo operar desde las referencias del psicoanálisis? Si no hay demanda, ¿qué podemos hacer? Estas, y tal vez otras, son preguntas que se nos imponen aquí. Pero en esta clínica en lugar de síntoma, hay angustia.
Recalcati propone – en un contrapunto entre lo que llama clínica de la falta y clínica del vacío- algunas operaciones preliminares de alojamiento, de inclusión. Son previas a la posibilidad de un tratamiento, pero, hay que decirlo, son sus condiciones de posibilidad, y confluyen en lo que él llama rectificación del Otro.
Este autor también ilustra y explica lo que se opone a ellas – a esas condiciones de posibilidad. Trataremos de avanzar algo más, precisamente en esta dirección; intentaremos dar cuenta de algunas de las razones que a veces hacen que las operatorias de inclusión en algunos sujetos no funcionen, fracasen.
Se solía escuchar hace algunos años a colegas que decían que muchos de estos sujetos con problemas de adicción no tenían demanda por lo cual no era posible un tratamiento desde el psicoanálisis. Esto daba cuenta del registro de aquello que estamos desarrollando. Ya hemos dicho que no pocas veces nos encontramos con este panorama y sin embargo intentamos realizar algunas maniobras de alojamiento apostando a un tratamiento posible. No obstante, a veces no dan resultado y no son pocos los que se interrogan – los que nos interrogamos- al respecto. ¿Habré hecho lo correcto? ¿Habré hecho lo suficiente para que el que consulta se quede? ¿Habré hecho algo mal por lo cual el paciente abandonó en las primeras entrevistas? Tampoco es inusual escuchar en estos ámbitos que todo el peso de los fracasos recaiga del lado de quien consulta: esta persona no quiere responsabilizarse por su goce, no quiere implicarse en sus actos, y otras expresiones por el estilo – que no dejan de tocar ciertos puntos de verdad. Es decir, nos encontramos con los dos extremos: o la responsabilidad del fracaso es del analista o es del paciente. Estas y otras cuestiones son elementos de la clínica cotidiana de quienes trabajamos en este campo. Pero veamos algo más de estas dificultades – remito a quien esté interesado al texto de Recalcati- que obstaculizan la transferencia y limitan o no permiten cierto cambio de posición respecto a la que presentan, o a cómo se presentan cuando llegan, para que un tratamiento pueda tener lugar.

Podemos decir que a estos sujetos les resulta difícil salir de una posición de acting out –el consumo, y lo que este conlleva, es una modalidad de acting, de acción- , en la cual están más del lado del objeto; aunque no se trata del objeto como caído, como eyectado, ya que en el acting out se conserva la escena (imaginaria). Se trata que muestran que tienen el objeto, que lo detentan. El problema, de acuerdo a como lo pensamos, es que estos sujetos no pueden ubicar, o colocar el objeto perdido (a) en el Otro; no están dispuestos a cederlo al campo del Otro – única manera de ir a buscarlo, a pescarlo. Única manera también de ubicar el objeto en el lugar del Otro y estar en una posición de “yo pienso” y no de “yo soy” (aunque habría que plantearlo desde la negación como propone Lacan en el seminario la Lógica del Fantasma: o “yo no pienso” o “yo no soy”, desde la reformulación que hace del cogito). Ubicar el objeto en el lugar del Otro, cederlo, implica colocarlo del lado del analista. Lo que se registra en esta clínica es la negativa a dar el objeto, a cederlo, a ponerlo del lado del Otro y así establecer la transferencia –en los dos términos del nivel superior del discurso del analista. Si esto no se logra, si esto no se pone en juego, la transferencia no se establece, ya que el objeto no queda del lado del analista sino que es retenido por el sujeto –que muestra ese objeto en el acting out, o se torna objeto caído– en lo real en el pasaje al acto. Tratar de moverlo de esa posición, intentarlo, es tarea del analista – de quien ocupa ese lugar. La experiencia nos enseña que eso no es posible en todos los casos; que eso depende de la estructura clínica y del momento subjetivo (sincronía y diacronía). Pero esto también está en sintonía con la situación o el estado del discurso en la época. El momento subjetivo podemos vincularlo con la diacronía, con el devenir y con el acontecimiento, siempre contingente. El discurso de la época del Otro deflacionado, devaluado, es solidario ni más ni menos que con el llamado discurso capitalista tal como fuera escrito por Lacan a principios de los años ´70. ¿Y qué particularidad tiene este discurso?
En rigor, que es un falso discurso o un seudodiscurso, ya que no hace lazo social- y esto en sí mismo ya es una paradoja. Si no hace lazo significa que el sujeto allí no se dirige a un otro, sino que está sólo. Sólo con su cuerpo, es decir, con su plus de gozar (Lacan, en Radiofonía y Televisión, dice que nuestra época es la del ascenso al cenit del plus de gozar). Otra manera de decirlo es que el sujeto está solo con el a -y esto se puede entender de distintas maneras. Pero retomemos ahora el punto de los fracasos en el tratamiento y para ello necesitamos recordar algunas nociones brevemente. El sujeto se constituye en el Otro; ¿qué quiere decir esto? Que no tiene elección- o que se trata de una elección forzosa (Lacan)- que se inscribe sólo alienándose en el Otro –operación de alienación. Este es el precio que paga por el acceso a lo simbólico: se aliena. Pero, al tener alienándose en un significante un estatuto en el Otro – lugar del significante- , pierde algo definitivamente. La pérdida que sufre es la del goce – que Lacan llamó a – objeto a. Es decir, al alienarse a un significante para adquirir representación – y sentido- pierde ser. A este ser perdido es al que va a ir a buscar mediante la repetición. La operación del significante, su marca, se ha llevado un trozo del sujeto – que, vía repetición, va a ir a buscar en el Otro (lo que hace al movimiento de la transferencia). Pero esta operación de alienación, de juntura con el Otro, tiene otras implicancias. A veces en el sujeto falla la otra operación constituyente: la de separación. El sujeto se constituye en estas dos operaciones – alienación y separación-, que además se dan cada vez que hablamos. Qué sucede si falla la separación? Una de las posibles consecuencias es que el sujeto queda o permanece congelado, soldado a un significante que no remite a otro para que lo represente. Estamos aquí en la holofrase, el significante holofraseado. En la holofrase S1 y S2 estarían soldados, no hay intervalo entre el par de significantes primordiales – S1 y S2. Lacan en el seminario XI plantea que esto lo encontramos en algunas situaciones (“en toda una serie de casos”, dice): en el FPS, en la psicosis y en la debilidad mental. Nuestra hipótesis, que adelantamos aquí aunque faltaría desarrollarla, es que algo de la constitución subjetiva, es decir de la estructura, se juega en los nuevos síntomas, con la fuerte incidencia de la cultura de la época – el discurso- que conlleva una suerte de demanda que genera una respuesta holofreaseada del sujeto. Es decir, el sujeto responde a la demanda de modo holofraseado. Y además, es como si todos respondieran por igual, homogéneamente, a ciertos significantes del discurso y se tratara de un holofraseo generalizado, cuyo resultado es que no hay afanisis del sujeto. Si el sujeto no está en afanisis – si no desparece- , lo que emerge es el objeto, el sujeto lo detenta, lo muestra o está reducido al objeto – que puede manifestarse por el acting out o el pasaje al acto. En el primer caso se trata de lo que ya mencionamos, las presentaciones clínicas por el acting, en las cuales se torna muy difícil alojar al sujeto – tal vez no sólo por su estructura sino por lo que podemos llamar el momento subjetivo en que consulta – la contingencia- , y en el cual se sustrae mediante una transferencia salvaje (acting) de una transferencia psicoanalítica (neurosis de transferencia). Proponemos la hipótesis del “holofraseo generalizado” como coordenada de nuestra época que funcionaría como una respuesta a la demanda imperativa de goce. Pero dónde la ubicamos? Del lado de la psicosis, de la debilidad o del FPS? – la serie de casos que indica Lacan, aunque aclara que la posición del sujeto es diferente en cada uno de estos casos. Es una tentación situarla del lado de la psicosis – sin demasiados filtros frente a la invasión de goce, o tomada por Recalcati cuando compara la cuestión preliminar; sin embargo podríamos ponerla también del lado de la debilidad – en su dimensión psicótica. Pareciera que en nuestra época, con los nuevos fenómenos de masa (y entre ellos, aunque no únicamente, las toxicomanías), el sujeto se funde en la masa frente a las demandas sociales que las construyen y las ofrecen. Solo con observar lo que sucede con algunos programas de TV que cuentan con teleaudiencias masivas podemos constatar esta respuesta holofraseada en masa que se sitúa más del lado de la debilidad que de la psicosis franca ¿Pero qué implica esta hipótesis de la holofrase generalizada? ¿Que todos los sujetos de la época posmoderna o hipermoderna son débiles? Lacan habló de forclusión generalizada, y también del proletario generalizado – esto último cuando plantea que el único síntoma social es que todos somos proletarios “todos proletarios”, donde toma la antigua definición de proletario: el individuo con su cuerpo (no dice el sujeto), y que se vincula con su formulación del discurso capitalista, aquél que no hace lazo, aquél en donde no hay parejas (amo-esclavo, alumno-profesor, histérica-maestro, analista-paciente), aquél discurso que deshace los lugares, los lugares se han perdido (no tiene disyunciones) y no queda claro desde donde se comanda. Cuando proponemos esta hipótesis de la holofrase generalizada estamos pensando en la clínica de los consumos problemáticos y en la de los llamados nuevos síntomas, pero también en la subjetividad de la época – con los nuevos síntomas que se dan en los sujetos de la época. Tenemos la impresión que tal vez podríamos hablar de una patología de la separación en este campo de problemas, que nos muestra sujetos con respuestas holofraseadas, que no permiten salir de la alienación quedando entrampados en un Otro que no es tal, ya que solamente puede tomar su dimensión Otra en la separación. Por eso se dice que en las toxicomanías se trataría de un goce auto, sin Otro, ya que no habría separación – que es lo que permite pasar por el Otro. Pero volviendo a la pregunta planteada más arriba; ¿entonces se trataría de la época de la debilidad generalizada?, ¿todos débiles? No sostenemos esta formulación, por otra parte inquietante. Sí pensamos que algo de la posición del débil en su dimensión psicótica – tomemos en cuenta la relación simbiótica madre-niño en esos casos- se pone en juego (que como le rectifica Lacan a Maud Mannoni no se trataría de la unión o el pegoteo de sus cuerpos, sino de la falta de intervalo entre S1 y S2 -la holofrase). No es casual que se trate de la tendencia al universal, al borramiento de las diferencias, a uniformar las diferencias en los modos de satisfacción, de borrar las singularidades, que actualmente solamente parecen manifestarse en las excepciones, en las hazañas, proezas (deportivas por ejemplo), o en las barbaries – individuales o colectivas- (que también son signos de excepción, de diferencia). Si resulta evidente que las respuestas subjetivas a las demandas sociales son homogéneas, uniformes (la misma ropa, las mismas marcas de productos, los mismos programas de TV, los mismos lugares para vivir o ir de vacaciones, los mismos consumos, y también… los mismos síntomas). ¿Cómo explicar esta falla en la separación? Lacan, recordemos, en “De una cuestión preliminar…”, propone la noción de psicosis social, a veces, paradojalmente, dice “compatible con el buen orden”. Se trata de psicosis sin fenómenos psicóticos (delirio, alucinaciones), pero que caracterizan de manera patente la subjetividad de la época: una posición que se distingue por una experiencia de ausencia y sentimiento de vacío, de inexistencia, insustancialidad, y anonimato. Desde esta noción, la psicosis, no se reduciría o no se agotaría en la exclusión del Otro, en su rechazo. Es más, parecería que puede asumir formas de asimilación despersonalizada del Otro devaluado de la época, que ya no ofrece ideales, S1 identificatorios. Se trataría de sujetos des-identificados, border - recordemos los trabajos de Kernberg y la noción de borderline, como así también las personalidades como sí, de Helene Deutsch; y si están des-indentificados su consecuencia será la des-implicación, la des-responsabilización. No tendrán deudas – son acreedores, a ellos ese les debe, se lo merecen, etc. Su relación de rechazo al Otro, en rigor es una falsa separación o seudoseparación; en su rechazo a perder el objeto – a cederlo al campo del Otro - , permanecen en una posición de retenerlo, es más de reducirse al mismo, y en los casos más graves, como desecho, basura – el sujeto identificado a la Cosa (como objeto asimilado a la Cosa).
Agregamos que en el contexto de la época del discurso capitalista donde el objeto, o los objetos son de puro consumo, a consumir permanentemente, la dimensión del don desaparece, y el objeto se separa del signo (de amor) – ya que el don es signo de amor- y sólo permanece la dimensión de este goce que no pasa por el Otro, que no es regulado por el significante. Así, vemos una y otra vez, individuos que consultan por esta relación con el consumo de sustancias – plus de gozar breves, cortos, de rapidísima consumación, y reiterados en una repetición constante y permanente. Dicen a menudo que desean detenerse, parar, cesar, pero no pueden – ¿están dispuestos? ¿pueden? A veces no logran desandar el camino del rechazo al Otro; rechazan la pérdida del objeto que implica la mortificación del significante, por lo cual rechazan así toda posibilidad de duelo, de un trabajo de duelo. Para que pueda haber duelo tuvo que haber castración. Estos sujetos la rechazan – como el discurso capitalista que la forcluye.

En resumen, vemos en los fracasos para establecer transferencia y hacer posible un tratamiento en personas con consumos problemáticos, algunas condiciones que dificultan, obstaculizan y pueden hacer fracasar su alojamiento. Las hemos puntuado brevemente tratando de aproximarnos a lo que estaría en juego en estas dificultades. Proponemos la holofrase como uno de los modos de respuesta del sujeto ante las demandas del discurso de la época – imperativos, o diríamos también, imperativos imperialistas- , con su mercado de objetos- productos a consumir; holofraseado que sitúa al sujeto en una posición de objeto, sin posibilidad de representación ante otro significante, y por lo tanto sin acceso a la metaforización (sustitución). Esta mostración o reducción al objeto – que, como ya señalamos, puede adquirir la modalidad del acting out o del pasaje al acto- pone de manifiesto la dificultad para ceder, ubicar el objeto en el Otro. El sujeto parece no poder renunciar a su negativa a inscribirse en el campo del Otro a cambio de una pérdida de ser – y de goce. Esta negativa a pasar por el Otro lo deja prácticamente pegado a un Otro que no es tal – como Otro simbólico-, sino que deviene Otro del goce, y el sujeto paga el precio al reducirse a objeto – el objeto no está perdido sino que se encarna en el sujeto.
Entendemos la holofrase como un modo de respuesta del sujeto; en la misma, no desaparece detrás de un significante (S1), sino que, la cadena desaparece como tal y el S1 está pegado al S2, por lo cual no hay intervalo – en el cual se aloja el objeto- y es el sujeto que por no estar en afanisis el que se hace o se reduce a objeto.
Pero hay que decir que en las presentaciones clínicas de la época, aún en las no afectadas por el consumo problemático de sustancias, es decir que no recurren a prácticas ni técnicas químicas, nos encontramos a menudo con sujetos en que se registra una suerte de “patinaje” – no se nos ocurre otro término para expresar cómo el significante patina, se desliza sin tope, no cesa de desplazarse, no funciona el punto de almohadillado o es deficitario. Son sujetos en los cuales la palabra carece de valor de pacto, el Otro no les significa ninguna garantía. Pueden decir algo y desmentirse al rato. Su decir no tiene consecuencias. Nos revelan, entre otras cuestiones, cierta posición ética que muestra a las claras su relación con lo real del goce, su rechazo a la castración y su negativa a cualquier trabajo de duelo; en cierto modo constituyen posiciones neuróticas que están más cerca de la holofrase que de la dialéctica de lo reprimido y el retorno de lo reprimido (metáfora). Se hace patente un rasgo del ser hablante, muy acentuado en la época del discurso capitalista, en la cual observamos una tendencia orientada a alejar el riesgo del deseo y preferir estar al amparo de un goce asegurado que pueda taponar la falta en ser de la existencia y de su contingencia. Lo pensamos como una cierta manera de evitar el duelo, rechazarlo, que en lugar de caer en la melancolía tiene como efecto una disolución del deseo en un goce desobjetivado, anónimo, ordinario, masivo, no en pérdida – que Lacan articula en el discurso capitalista. Se trataría allí de un problema en la operación de separación, quedando el sujeto alienado en el Otro en un holofraseo - a veces de difícil salida. Por último, cabe preguntarnos si la holofrase no sería un nombre de la forclusión.

1 Este texto es parte de un trabajo más amplio sobre algunos aspectos de la clínica de los consumos problemáticos y de los problemas que plantea la clínica de la época.

2 La cuestión preliminar en la época del Otro que no existe. Este texto apareció en la edición No 258 de Ornicar? Digital – Nouvelle Époque- Mayo 8 de 2004. Disponible en internet.

3 Como lo propone Paul Verhaeghe en su conferencia “El final de las psicoterapias”. Traducción por Miguel Martínez y Héctor Mendoza con autorización del autor. Texto original: Dublin City University. Health 4Life Conference 2007. Thinking, Feeling, Being: Critical Perspectives and Creative Engagement in Psychosocial Health. 10-13 September 2007. http://www.dcu.ie/health4life/conferences/2007/