martes, 15 de enero de 2013

Clínica de las Toxicomanías. Transferencia y síntoma


Laura Sol Gedacht
Eleonora Lapolla


C., 35 años. Ha estado en tratamiento en el Centro Carlos Gardel con el Lic. P. en forma intermitente durante los últimos 4 años y recibió también atención psiquiátrica, estuvo medicado por el Dr. M. con Midax y Nozinan. Se le realiza una nueva admisión.

Cuando se le pregunta por la causa de tales interrupciones contesta: “por la droga”.

Antes consumía cocaína, pasta base, pastillas con alcohol (alplax, lexotanil, clonazepan), alcohol blanco y cerveza. Actualmente solo consume marihuana. Al indagar sobre el abandono de las otras sustancias, explica que logró dejarlas gracias a la “fuerza de voluntad”, porque “me llevaba a la perdición”.

Cuenta que vive con su madre pero vive solo. Cuando el analista interroga acerca de esta contradicción Carlos replica que su madre es drogadicta.

Estuvo internado desde muy chico en varias comunidades terapéuticas, él dice que ha pasado por varios hogares. Ingresó a IB…cuando tenía 16 años; comunidad de máxima explica, refiriéndose así a una comunidad terapéutica de puertas cerradas. Allí permaneció durante 23 meses, hasta cumplir sus 18 años. A los 21 años estuvo 2 meses internado en C… Luego solicitó una internación RC..., un hogar cristiano en la provincia de Mendoza. Explica que se fue de allí porque ni siquiera le permitían fumar cigarrillos y si lo descubrían lo castigaban. Finalmente estuvo internado en la comunidad terapéutica ET…un breve tiempo el año pasado. Este año se internó allí nuevamente, lo medicaron con Valcote y Clonazepam.

Respecto de sus trabajos, cuenta que fue vendedor ambulante, pero aclara que ahora le gustaría conseguir un trabajo estable de modo de no tener que andar por la calle y encontrarse con la gente de siempre, todos drogadictos.

En lo que atañe a su vida social, aclara que no tiene amigos porque son todos adictos.

En cuanto a su educación, comenta que estudió hasta primer año y dejó la escuela por la droga. El analista interviene preguntando “¿por la droga o porque vos no querías seguir estudiando?”

Por la drogare sponde C.

Si la droga tiene la culpa de todo ¿vos dónde estás?” interviene el analista.

La droga no deja estar a nadie. Yo sé que la culpa la tengo yo, pero las drogas malogran todo, responde.

Explica que ahora sigue con un consumo diario de marihuana, que lo tranquiliza y le hace bien. Aclara que fumaba marihuana incluso mientras estaba internado en las comunidades.

Respecto de las comunidades terapéuticas comenta, que cuando no cumplía las reglas lo castigaban, haciéndole limpiar la casa o subiendo el tope de ventas. Quienes estaban a cargo de los tratamientos eran ex adictos, que se quedaban dando el ejemplo a los demás y agrega si ellos podían ¿por qué no iba a poder yo?. C. manifiesta que cree que el consumo de marihuana también constituye una adicción, que lo debería dejar pero que le cuesta mucho porque le hace bien.

Al indagar acerca de las interrupciones del tratamiento previo realizado en el Carlos Gardel, C. explica que muchas veces simplemente no asistía, o que asistía drogado, o que ni siquiera se podía levantar para ir. Agrega Yo antes estaba hecho percha, ahora estoy mucho mejor. Ya sé por qué me drogué en mi vida…

Cuenta que su mamá (que tiene 54 años) es drogadicta; consume pasta base, cocaína, marihuana, pastillas, alcohol. Carlos dice haber visto mucha droga desde que era muy chico y habérsela sacado a su madre para probar.

El analista interviene “Consumís lo mismo que tu mamá, el mismo menú”

C. se ríe y agrega que él quiere dejar todo eso, dejar de trabajar solo para comprar drogas, independizarse y dejar la casa de su mamá, ya que le hace mal verla drogada. Insiste en que está buscando un trabajo estable, que tiene ganas de dejar el consumo, pero que a veces se dice: Qué lindo día para tomarse una cerveza! Y no! Así se empieza!

El Lic. O. manifiesta su interés por tomar su caso y C. expresa su asentimiento de inmediato. De esa manera se lo vuelve a admitir en tratamiento.

Hasta aquí, la breve reseña de la entrevista de readmisión.

En el trabajo que desarrollaremos a continuación nos proponemos articular algunos aspectos que hacen a la especificidad de la clínica de las toxicomanías o consumos problemáticos con cuestiones tomadas del recorte de la presente readmisión realizada en el Centro Carlos Gardel por el Lic.O. Nos interesa resaltar las particularidades de estos nuevos modos de presentación y la dificultad para el establecimiento de una transferencia analítica. Al tiempo que resulta interesante destacar las diferencias en los modos de abordaje entre la comunidad terapéutica tradicional y el Centro Carlos Gardel.

Los consumos problemáticos y la desimplicación subjetiva:

Ante todo, resulta fundamental aclarar que desde la perspectiva del psicoanálisis, “la droga” no constituye una entidad autónoma, sino que se trata de un constructo social, ya que lo que hay es una variabilidad de sustancias y diversos modos de consumo. Las toxicomanías reúnen prácticas multiformes y con finalidades variadas para la economía de cada sujeto. Siguiendo a Ehrenberg, decimos que lo que hay es usos heterogéneos de productos múltiples.

Lo que interesa de la sustancia es su función; tener en cuenta el lugar que el tóxico ocupa en cada estructura.

Al hablar de “la droga” como entidad autónoma, se desconoce lo que S.Le Poulichet refiere como la doble vertiente del farmakón, a la vez veneno y remedio. En el discurso de C. se evidencia esta dualidad y ambigüedad. La marihuana se hace presente por un lado, como fuente de bienestar y tranquilidad, mientras que por otro lado, las otras sustancias, entre las que quedan incluidas el paco, la cocaína, las pastillas, el alcohol, etc. parecen ser aquello que lo lleva a la perdición, que todo lo malogra.

Respecto a la doble vertiente del farmacón, puede pensarse que “la droga” le pudo haber funcionado como remedio, al permitirle una salida del hogar materno en el cual le resultaba muy difícil permanecer porque le hacía mal ver a la madre drogada. También, quizás, pudo funcionar como un recurso para poder acceder a una ley por fuera de la casa materna (que parecía tomar el aspecto de una zona en la que no habría ninguna regulación del goce). El hecho de entrar en hogares, como son las comunidades terapéuticas, donde se manejan con ciertas leyes y normas rígidas puede pensarse como un intento de regulación simbólica.

Por otra parte, la sustancia también parecería funcionarle como veneno, en ese punto en el cual queda segregado y no puede incluirse en ningún lugar.

En esta misma línea, “el problema de la droga, en tanto flagelo”, configura un síntoma social, que no necesariamente es un síntoma para el sujeto. La nominación de “adicto”, que otorga el Otro social, opera como significante amo que clausura cualquier posibilidad de una pregunta, entronizando a la sustancia como agente causal de la adicción y des-responsabilizando a los sujetos de sus actos.

M. Recalcati explica que la clínica de los nuevos síntomas, bulimias, anorexias, toxicomanías, se manifiesta, confrontando al psicoanalista con una clínica en la que hay que intervenir a partir de un orden simbólico debilitado. Se trata de modos de presentación desubjetivada que requieren alojar al sujeto de alguna manera, crear un intervalo en Otro que le de lugar.

La clínica de los consumos problemáticos se caracteriza porque estos pacientes, en general, llegan a la consulta sumamente desimplicados, sin interrogantes, ubicando la causa del consumo en las compañías o en la sustancia misma. C. atribuye su consumo a la presencia de droga en la casa de su madre o a su entorno social. Explica que no puede seguir trabajando en la calle porque “son todos drogadictos”; como si la sola presencia de la sustancia bastara para dejarlo a él inerme, desamparado y sin ningún margen de libertad para decidir.

E. Laurent opone las toxicomanías a las formaciones de compromiso y las presenta como formaciones de ruptura; ruptura con el goce fálico que no implica forclusión del nombre del padre. Las toxicomanías no son formaciones del inconsciente, se presentan como prácticas pulsionales, como pura técnica de goce, sin dejar espacio para la palabra o para la escucha.

Muchas veces la intoxicación se presenta como una respuesta no sintomática, en un intento de anular la división subjetiva y desconocer el inconsciente. Cabe destacar que la droga no es fuente de saber.

¿Hay lugar para la transferencia?

Las dificultades en el establecimiento de la transferencia parecen estar relacionadas con el hecho de que en estos casos, quienes consultan parecen portar un saber acerca de las drogas y no manifiestan querer saber acerca de las determinaciones desconocidas de sus actos.

En este caso, vemos que C. manifiesta con mucha seguridad un saber sobre las causas de su consumo, dice “yo ya sé por qué me drogué en mi vida”; acto seguido sitúa el inicio del consumo en la adolescencia; hace referencia a la presencia de la sustancia en su casa, debido al consumo de su madre y recuerda haberle quitado droga a ella “para probar”.

En el tratamiento previo realizado por C. en el Centro Carlos Gardel parece haber tenido lugar cierta historización, de modo que el paciente pudo elaborar un saber acerca de su primer encuentro con la sustancia. C. parece advertir que hubo en algún momento de su historia una elección: quitarle la droga a la madre “para probar”. No obstante, el sostenimiento de tal práctica de consumo parece quedar reducida al poder adictivo de la sustancia.

Por otra parte consideramos importante indagar acerca de qué sería lo que quería probar. ¿Podría ser probar quitarle la droga a la madre?

En esta referencia de C. que sitúa el inicio del consumo en ese querer probar parecería ser el único momento del discurso en el que se hace presente el sujeto. En todas las otras situaciones, como ser el abandono de la escuela o la falta de continuidad del tratamiento en el Gardel, ubica a la sustancia en el lugar de la causa, es por la droga, la droga malogra todo explica y vuelve a borrarse. De todos modos ese yo ya sé por qué me drogué parece ser un saber que se cierra sobre sí mismo, sin estar acompañado de un cambio de posición del sujeto respecto de su consumo.

Vemos cómo C. presenta las cosas como provenientes de afuera, quedando completamente sometido a ellas. Frente a tal desimplicación el analista interviene preguntando “Si la culpa de todo la tiene la droga, ¿dónde estás vos?”, al modo de Freud cuando interroga a Dora acerca de su parte en el relato que trae.

En esta clínica es fundamental una escucha atenta desde las primeras entrevistas, ofertándole a quien consulta que pueda decir acerca de sí mismo, invitándolo a que pueda dirigirse a otro, distinto que el tóxico, de una manera no segregativa.

En el caso presente posiblemente sea el fracaso del recurso al tóxico lo que conduce a C. nuevamente al centro Carlos Gardel. Aparentemente el consumo ha dejado de ser una “solución feliz” y se ha vuelto problemático. No así el consumo específico de marihuana que C. lo sigue sosteniendo diariamente.

Consideramos que más allá de las reiteradas interrupciones de C. de su tratamiento previo en el Carlos Gardel, resulta importante destacar que él vuelve, lo que constituye una nueva oportunidad para transformar su pedido en una verdadera demanda de tratamiento. Se trata de descubrir en el caso por caso cuál es la modalidad de tratamiento mas adecuada para cada quien, una oferta que tenga que ver con el consultante, siempre tomando en consideración cuáles son las posibilidades que se pueden establecer en cada caso.

La transferencia es posible cuando el analista no da identificaciones al sujeto, y por el contrario cuestiona el “soy adicto”, posibilitando la emergencia de una interrogación, de una pregunta. No se trata de designarlo desde un saber previo, sino más bien, de dejar el saber del lado de quien consulta, aunque él no lo sepa; lo que se contradice con aplicarle una etiqueta.

Las identificaciones pueden funcionar como nominaciones al ser del sujeto, como por ejemplo “soy adicto” y entonces el sujeto actúa desde ahí. Su ser actúa desde la consistencia que le brinda ese “soy adicto” y es necesario desarmar eso. Hay que tratar de generar las condiciones para que se constituya un síntoma analítico, de hacer un espacio para poder alojar una pregunta, y no una nominación que obtura la pregunta por el ser, al igual que la droga que también obtura la pregunta por el ser del sujeto. Pareciera que tanto la droga, como el “soy adicto” son solidarias en el punto en el cual ambas estarían taponando la pregunta por el “che vuoi?” para el Otro.

Una apuesta desde el psicoanálisis podría estar en la dirección de tratar de abrir alguna hiancia, suscitar una fisura en ese ser consistente, producir una barra entre el significante y la significación. El psicoanálisis implica un pasaje de la inmediatez del tóxico a los resultados en el tiempo.

En las llamadas toxicomanías aparece el consumo como un acto, como un S1, sin que se constituya un saber, un S1 que no se encadena a nada, se la ha denominado la clínica del vacío. Sólo el amor de transferencia puede hacer de vía para que el vacío se transforme en falta.

La transferencia, ya sea como lazo de apego al otro, lugar de no saber, de pregunta, es indispensable para el desarrollo de un tratamiento. La transferencia, encarnada por un significante cualquiera, implica una pregunta que produce un no saber en contraposición a ese saber pre armado que traen los pacientes.

La maniobra del analista variará de un caso a otro, pero siempre será suspendiendo los conocimientos; esa “docta ignorancia” necesaria para escuchar lo que cada sujeto tiene para decir y que el analista desconoce. El analista está allí como garante de que lo que el consultante dice tiene un sentido, de que hay allí algo a ser descifrado.

Para superar este goce autoerótico de las toxicomanías resulta fundamental que alguien pueda ponerse a hablar, y paradójicamente, enfermarse de otra cosa, de un síntoma. Es decir, se tratará de suscitar la transformación del montaje de la toxicomanía en formaciones de síntomas, aunque sea bajo la forma de una queja. Se espera que se pueda constituir un síntoma que represente al sujeto, que tenga relación con su historia y que no venga del Otro social.

En casos como estos, la transferencia analítica pareciera no tener ocasión de jugar su partida.

Siguiendo a Miller, de lo que se trata, es de hacer posible un intercambio, del valor de goce de la práctica del consumo, por un valor de sentido que le ofrecerá la práctica analítica.

Lo que suele ocurrir en esta clínica es que las personas que piden asistencia vienen a quejarse de un acto, el consumo, y no tienen síntomas. No aparece el consumo sintomatizado como enigma a descifrar. Reclaman la cesación de su consumo; no se hacen responsables de su acto, la culpa es atribuida a la sustancia, la sustancia como causa de su adicción. C. llega contando una práctica y no interrogado por el significante, pide la extracción de una práctica de goce que ya no le resulta funcional. C. deposita en la presencia de “la droga” su dificultad para cesar el consumo, desimplicándose por completo de su práctica. El analista apunta a romper ese esquema de causa-efecto que trae el paciente, abriendo una brecha e interpolando al sujeto.

Se trata de restituirle a quien consume cierta intencionalidad, dando un paso hacia la subjetivación de ese actuar; quizá sea devolviéndole una pregunta sobre esa práctica. En el caso de C. se podría indagar acerca de qué es lo que el “quería probar” cuando inició su consumo.

En las primeras entrevistas habrá que ir construyendo el sujeto del deseo, ir poniéndole palabras a aquello que hasta el momento no tenía, ofrecer alguna intervención que los convoque a continuar el tratamiento.

Esta cínica interroga la eficacia de las herramientas con las que cuentan los analistas. Hay ciertas operaciones que se pueden poner en juego, previas o preliminares para que un tratamiento sea posible:

Una operación de alojamiento: que implica el estar dispuesto y disponible para ese sujeto singular; ofreciéndole escucha y tiempo. Como una operatoria de inclusión paulatina en el dispositivo.

Provocar, promover o constituir una demanda: aportando palabras frente al silencio de quien consulta. En esta clínica no nos encontramos con la característica tríada síntoma-demanda- transferencia de la clínica clásica. En estos casos lo fundamental es la constitución de un lazo.

Construir o inventar un síntoma: El paciente llega quejándose de una práctica de la que no se responsabiliza y cuya causa es atribuida a la sustancia.

El sujeto viene en una posición de descreimiento de la palabra, el que lo recibe ha de estar advertido que en estos casos se requiere una operatoria mediante la cual el lugar de ese objeto condensador de goce que es el tóxico, pueda ser ocupado por quien está en posición de escuchar, promoviendo un desplazamiento de lo Real por lo Simbólico orientado a producir una transferencia.

M. Reclacatti propone que antes de cualquier rectificación subjetiva, es necesario una previa rectificación del Otro, que consiste en encarnar como analistas Otro diferente de aquel que el sujeto ha encontrado en su historia. Se trata de operar preliminarmente una rectificación del Otro antes que del sujeto. Encarnar Otro que sabe no excluir, no atormentar, no cancelar, no rechazar, que tiene como finalidad implicar al sujeto o bien en un lazo o bien en una transferencia con el Otro.

Cuando C. dice vivo con mi mamá pero vivo solo estaría dando cuenta de cierta caída de un lugar en el deseo del Otro, en tanto objeto. Frente a esta presentación objetalizada, se trata para aquel que está en el lugar de analista, de ofrecer un Otro dispuesto y disponible alojando ese objeto. Sin una maniobra que aloje ese resto, eso que se presenta caído, no se podrá acceder a la implicación de la persona con su padecimiento, reversión del alma bella, de modo que a partir de ese movimiento pueda empezar a aparecer material subjetivo a través de la rememoración. Es importante insistir en que la implicación solo es posible si antes hay un alojamiento.

La Comunidad Terapéutica vs. El caso por caso.

Las comunidades terapéuticas, descendencia de la religión en un terreno dominado por la ciencia y la medicina, se basan en modalidades centradas en normativas rígidas de reeducación de los sujetos y en la abstinencia obligatoria sin localizar el lugar y la función del tóxico para cada quien. Brindan “soluciones” prescriptivas que obturan la pregunta por el enigma (lugar que ocupa la sustancia), borrando la singularidad del caso por caso.

C. relata una seguidilla de internaciones en diversas comunidades a las que se ha sometido con el fin de abandonar el consumo. Pareciera tratarse de una especie de errancia favorecida por la tendencia expulsiva de esos dispositivos hegemónicos. Podemos suponer que hay allí una búsqueda de cierto anclaje, de cierto tope que detenga la deriva en la que se encuentra; apelando a una función importante de cualquier institución, que es la de ser un punto de detención, como la búsqueda de una función paterna que imponga un ordenamiento.

A diferencia de la Comunidad Terapéutica que aglutina sujetos por su “rasgo toxicómano”, que fortalece la nominación de “adicto”, y que propone identificaciones comunitarizantes en las que se diluye el sujeto, en el psicoanálisis se apunta a conmover tal nominación acompañando a quien consulta a que constituya un rasgo singular que le permita al sujeto anclar su goce. Un caso aparte lo constituyen las psicosis, estructuras en las que el “soy adicto” puede presentarse como una solución, en el sentido de abrochamiento a un significante. Es importante ubicar el valor y el lugar que ocupa la sustancia para cada quien; es una clínica del caso por caso.

El Centro Carlos Gardel, inscripto en el paradigma de reducción de riesgos y daños, propicia prácticas e intervenciones que reconocen las complejas relaciones de los sujetos con los nuevos modos de gozar en la cultura. En este contexto se destaca “la droga” como aquel objeto paradigmático del empuje al consumo autista de la economía capitalista.

C. cuenta que ha boyado por distintas comunidades terapéuticas, en las que se lo castigaba si era descubierto fumando, incluso cigarrillos legales. En oposición a tales estrategias, el centro Carlos Gardel es un dispositivo que no plantea la abstinencia obligatoria de sustancias como precondición para la realización del tratamiento, posibilitando la accesibilidad de los usuarios de drogas a los servicios de salud. Se presenta como una apuesta desegregativa que radica en promover la desmasificación ubicando la singularidad de cada quien. El foco está puesto principalmente en pasar por la palabra más que en evitar el consumo,

En su vasto recorrido por las ya mencionadas comunidades, C. parece haberse apropiado de ciertas expresiones que difunden tales Instituciones, expresiones derivadas de un discurso amo, tales como la teoría de la escalada, al decir que no puede ni siquiera tomar una cerveza porque así se empieza o cuando aclara que la marihuana también es una droga, homologando lo que puede ser un simple uso de sustancias a la “adicción”. Resulta fundamental la deconstrucción de estos mitos, prejuicios o creencias segregativas acerca de las drogas, de modo de poner en cuestión el poder omnímodo otorgado a las sustancias, promoviendo la implicación subjetiva.


Otra cuestión de interés es el hecho de que C. presenta una abstinencia voluntaria de toda una serie de sustancias que ha consumido durante años ininterrumpidamente; dice que actualmente solo consume marihuana y que ha dejado las otras drogas, por fuerza de voluntad. Ahora bien, sabemos que para el psicoanálisis, abstinencia no es sinónimo de curación y que el analista debe dar testimonio de que no es un agente normativizante. La cura implica un giro en la posición subjetiva; la abstinencia no es un objetivo en sí mismo, sino por añadidura y la intervención del analista puede generar las condiciones para que se modere el consumo compulsivo de una sustancia.

Suele ocurrir que pacientes que realizan un tratamiento en alguna Institución o comunidad terapéutica dejan de consumir tóxicos, pero esta mejoría fenoménica no garantiza la cura, ya que ésta “conlleva un cambio o modificación en la posición subjetiva que implica la posibilidad de caída del tóxico del lugar que ocupaba en la economía libidinal subjetiva”1

Conclusión:

A modo de conclusión quisiéramos sugerir algunas hipótesis que nos parece, pueden ser interesantes para pensar el caso y la operatoria de trabajo.

Cuando C. comenta que a los 16 años se fue a internar a un hogar y que a partir de allí se sucedieron una serie de internaciones por distintos hogares, pareciera tratarse de un tránsito en busca de algún ordenamiento. ¿Podría pensarse que “la droga” le haya servido para poder buscar otro lugar donde vivir? ¿Podría pensarse que a partir del consumo de droga se armó una manera de vivir en otro sitio, que no le devuelva todo el tiempo la ausencia de su madre y el consumo de drogas por parte de ella?

A su vez, pensamos que ese recorrido de C. por las distintas comunidades terapéuticas, puede configurar la búsqueda de una cierta medida, que está ausente en las formaciones de ruptura que son las toxicomanías.

Se nos presenta la pregunta acerca de si él ha tomado este rasgo de la madre para poder irse en busca de un “hogar”, para trazar una especie de “línea de fuga” que le permita irse de alguna manera de la casa materna. Tal vez el recurso al tóxico fue una manera de poder “independizarse” para no tener que ver a su madre “drogada” todo el tiempo, lo cual le hacía muy mal, según el mismo refiere.

Otra cuestión interesante es la abstinencia voluntaria que C. presenta al momento de la consulta. Consideramos que la estrategia de resolver el problema del consumo por la vía de la voluntad, como él mismo lo explica, le ahorra al sujeto el tener que pasar por el deseo del Otro, por la angustia correlativa y saber algo sobre la causa de ese consumo.

Otra pregunta nos surge: ¿Podría pensarse que lo que C. quería “probar” era qué pasaba si “le sacaba” la droga a la madre y que su inicio en el consumo fuera una consecuencia de ello? ¿Podría ser tal vez tomar un goce cuerpo en masa con su madre?

En esta línea podría tratar de trabajarse con el paciente el interrogante acerca del significante “hogar” y qué intentó o quiso “probar” cuando le sacó droga a la madre y se fue de la casa. Podría verse qué es lo que se empieza a desplegar si se trabaja en esta dirección.

También siguiendo con esta orientación de ir abriendo una grieta entre tanta consistencia, cuando C. dice: “la droga no deja estar a nadie”, podría interrogarse a qué se refiere con esta expresión. Pensamos que podría tener cierta relación con que la droga no deja estar a su madre en su casa, como él mismo relata. Nos preguntamos si C. culparía a la droga por la ausencia de su madre en este punto donde la droga tiene la culpa de lo todo lo que ocurre y el poder de malograr todo.

Una hipótesis que planteamos es respecto a cierta configuración en la triangulación edípica: cuando C. relata su inicio en el consumo, lo plantea como “haberle quitado droga a ella (la madre) para probar” frente a esto nos interrogamos si acaso podría pensarse desde el Edipo que la droga es lo otro que la madre miraba aparte de él. ¿La triangulación se armaría entre la madre, la droga y C.? En este punto pareciera que si la madre no estaba con él, estaba con la droga. ¿Podría suponerse que C. toma ese objeto como agalmático de la madre o que él esta ubicado en posición de objeto respecto de la sustancia y respecto de su madre?

Estas fueron algunas de las preguntas que nos fueron surgiendo a la hora de pensar el caso y consideramos que varias de ellas se podrían tomar como hipótesis de trabajo, para que, desde el caso por caso, se pueda plantear una modalidad de tratamiento; o por lo menos pensar si de estas interrogaciones puede desplegarse algo respecto del sujeto. En definitiva consideramos fundamental crear las condiciones para la emergencia de un enigma que propicie el trabajo subjetivo y que venga al lugar de esa práctica desubjetivada que es la toxicomanía.

Para cerrar, nos interesa destacar que la entrevista de readmisión tal como se le realizó a C., en algunos casos, sirve para hacer hincapié en que algo hay que ceder para permanecer en un tratamiento o para volver a tenerlo.

La inmediatez con la que el Lic. O. decide tomar el caso, ofreciéndole a C. un Otro dispuesto y disponible, expresándoselo al consultante manifiestamente durante la entrevista, puede funcionar como signo claro de interés; como maniobra de alojamiento, dando un lugar donde parece no haber ninguno; dando un signo de que hay para él un lugar en el deseo del Otro.

1 Kameniecki, M: “La cínica institucional en un centro de asistencia en drogodependencias” en Donghi,A. Vazquez. L. (comp.) Adicciones. Una clínica de la cultura y su malestar; Buenos Aires, JVE ediciones, 2000, pág.268.


Bibliografía
  • Kameniecki M, Kobylaner D, Laner L, Pérez Barboza H, Zbuczynski G y Conocente M. “Consumos problemáticos. Encuentros con presentación de casos clínicos. Un trabajo en curso”. Ed. Letra Viva. 2009.
  • Kameniecki M, Quevedo S., “Dispositivos clínicos en toxicomanías”. En:   Donghi, A., C. Gartland y S. Quevedo (compil.). Cuerpo y Subjetividad. Variantes e Invariantes Clínicas. Ed.Letra Viva, 2005.
  • Kobylaner D. “Clínica de las toxicomanías. ¿De qué transferencia se trata?” (Artículo Boletín del Centro Carlos Gardel, n°9, octubre 2009)
  • Le Poulichet, S. “Toxicomanías y Psicoanálisis. Las narcosis del deseo”. Amorrortu Editores. Argentina 1996.
  • Sedronar “Los orígenes de la CT libre de drogas: Una historia retrospectiva”. Frederick B. Glaser M.D., F.R.C.P.1981. Addiction. Article first published online: 24 enero 2006.
  • Stevens A. “La errancia del toxicómano.” Revista PharmaKon 10.Instituto del Campo Freudiano. 2005
  • Testa Adriana “¿Cómo fue posible que la adicción diera con la droga?” en revista Conceptual Nº 7. Publicación de la APLP. Año 2.006. La Plata. Argentina.